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CONCURSUS INTERRUPTUS. Asociaciones entre fútbol y arquitectura

1. O Rey

La historia me la contó mi padre como sigue. En aquel 1965 su amado Deportivo Cali había resultado campeón del futbol colombiano, con una alineación formidable que mi padre podía recitar de memoria incluso muchos años después. Por primera vez el Cali disputaría la Copa Libertadores de América, y para su felicidad y la de sus amigos amantes del buen fútbol, tendría que enfrentar nada más ni nada menos que al Santos de O Rey Pelé.

Religiosamente compararon las entradas para asistir al Pascual Guerrero, la arena donde el equipo de sus amores les había regalado tardes y noches de gloria. Iban a hinchar por su equipo, claro que sí, querían saber de qué serían capaces sus héroes de las tardes de domingo cuando tuvieran que enfrentarse con una de las mejores alineaciones de la historia del fútbol.

Iban al estadio a apoyar a su equipo, claro que sí, pero casi más importante que eso, iban a ver a O Rey en acción, haciendo lo que mejor sabía hacer: convertir el fútbol en un arte.

Los equipos saltaron a la cancha y cuando se entonaron los himnos, el corazón de mi padre latía tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho. El árbitro –un pendenciero de apellido Velásquez- hizo sonar el pitazo inicial y el partido comenzó. Bien pronto las diferencias se hicieron evidentes. El Santos comandado por Pelé comenzó a desplegar un juego portentoso y los “azucareros” se vieron claramente sobrepasados en la cancha. En inferioridad de condiciones y frustrados, los defensores de la escuadra verde y blanca se dedicaron a moler a patadas a cuento brasileño les pasara cerca y esto, obvio, incluía a O Rey.

Pero O Rey también sabía cómo defenderse.

Iban sólo 25 minutos del primer tiempo cuando Pelé aprovechó una nueva entrada malintencionada de un defensor caleño, para “dejarle un recuerdo” en la pierna usando los estoperoles de sus guayos. Y entonces ocurrió lo impensado. Ante la mirada atónita de las 40mil almas que se apretaban esa noche en el Pascual Guerrero, el árbitro Velásquez -al que la prensa acusaba de tener un protagonismo excesivo en los partidos y de usar las tarjetas como un pistolero en el lejano oeste- le mostró la tarjeta roja a Pelé y lo expulsó.
Poco o nada recuerda mi padre de lo que siguió.

En ese instante se dio cuenta de que lo que verdaderamente lo había llevado esa noche al estadio era el secreto deseo de ver al mejor jugador de fútbol del mundo transformar el juego en un arte. Ahora un árbitro con afán de protagonismo se lo había impedido. En silencio pensó: ¿Cuándo tendré la oportunidad de volver a ver a Pelé así, en vivo y en directo? Efectivamente nunca más lo vio.

Poco a poco mi padre se interesó cada vez más en El Fútbol y cada vez menos en un equipo.

Con el tiempo descubrí que, como buen contador de cuentos que es, mi padre había alterado algunos datos de la historia. La famosa expulsión de Pelé habría ocurrido en un amistoso jugado en Bogotá entre Santos y Millonarios. Sin embargo, el mensaje implícito en la historia seguía inmaculado. En todos los campos existen los torpes y limitados que se dedican sin ningún pudor a moler a patadas a los más habilidosos. En todos los campos existe el personaje que, sin tener los méritos suficientes para hacerlo, quiere a toda costa interpretar el papel principal. En todas partes la gente prefiere ver en acción a los mejores.

2. Concurso

Estuve en Bogotá hace unos días. Allí me enteré que se había organizado un gran concurso de arquitectura para proyectar la sede de la Cámara de Comercio de Bogotá, al que se había invitado a varias estrellas del firmamento arquitectónico contemporáneo.

Pensé: esto está muy bien.

Es una oportunidad para que haya un debate proyectual de primer nivel con arquitectos colombianos participando. Fantástico!

Varios de mis amigos arquitectos me contaron la mecánica del concurso. Había que hacer dupla con un arquitecto extranjero, adjuntar una documentación y de esa manera, sin mediar ningún proyecto, se elegiría a un grupo reducido de oficinas a las que finalmente se invitaría a participar de un concurso privado.
Pensé: Qué lástima.

Entonces no habrá debate o será muy reducido.

Intrigado pregunté por los famosos. Me nombraron a Koolhaas, Foster y Hadid entre otros. Es decir, los personajes que mueven el debate proyectual a nivel mundial. Que estuvieran asociados con oficinas de arquitectos colombianos participando en un concurso para un proyecto en Bogotá me seguía sonando muy pero muy bien.

Pensé: ¿por qué no hicieron un verdadero concurso con todos estos personajes?

Recuerdo con especial cariño los concursos que organizaba la SCA en los años ´90. Siendo un recién egresado de arquitectura, en esa década participé con mi oficina en algunos de ellos. A veces obtuvimos un premio, otras veces nada, sin embargo recuerdo lo formativo que resultaba visitar la exposición de proyectos que se hacía en la salita del subsuelo de la SCA, con las propuestas que se habían presentado a un determinado concurso.

Allí aprendí acerca de las diversas concepciones que tenían los jurados de lo que se podía considerar arquitectónicamente valioso, aprendía a distinguir las distintas formas de abordar los proyectos que tenían algunos de nuestros competidores, aprendí sobre la importancia de saber comunicar bien las ideas del proyecto. Íbamos en más de una oportunidad con la gente de la oficina y cada vez que podía llevaba a mis alumnos.

Yo me imaginaba lo que habría significado para la cultura arquitectónica en Colombia tener esta experiencia, este foro de proyectos, teniendo la posibilidad de recorrer una sala de exposición donde estarían colgados, uno al lado del otro, los proyectos de Koolhaas, Mazzanti, Foster, Restrepo, Hadid, Bonilla, Weiss, Peláez, Álvarez, Uribe, Fischer, Mesa y tantos otros.

Pensé: Qué desperdicio! Y la SCA ¿qué opina al respecto?

En muchas partes del mundo la gente me ha comentado que conoce el sistema de concursos de arquitectura que existe en Colombia. Lo consideran un formato muy transparente y democrático, que resulta fundamental para elevar la calidad de la arquitectura de un país, a la vez que permite la inserción laboral de arquitectos jóvenes y talentosos que no tienen redes sociales ni experiencia como para recibir un encargo privado. En muchas partes del mundo, a los arquitectos les gustaría tener nuestro sistema de concursos de arquitectura.
Por eso sigo sin entender por qué en el caso del concurso del edificio para la Cámara de Comercio de Bogotá no se optó por realizar un concurso abierto y transparente, pidiéndole un proyecto de arquitectura a cada una de estas figuras que estaban dispuestas a participar, y en cambio se prefirió adoptar un mecanismo que yo llamaría “opaco” y que invita a las suspicacias.

Pienso: Que extraño!

¿Con qué criterios los organizadores de este concurso de arquitectura deciden dejar por fuera a una dupla como la de Bonilla-Foster? Con esta decisión, debo confesarlo, me siento como se debió sentir mi padre cuando el árbitro Velásquez le mostró la tarjeta roja a Pelé.

3. Ganar por W

Estaba en el colegio. Iba en 7 año y teníamos un equipo de fútbol que competía en una liga contra los demás cursos de secundaria. Los de 9º tenían un equipo de temer. Habían vapuleado sistemáticamente a todos sus rivales con goleadas humillantes. Ese sábado en la mañana era el turno nuestro. La noche anterior no pude dormir pensando en el partido del día siguiente. ¿Cómo ganarle a los tipos de 9º? Eran más altos, más fuertes y sobre todo, eran mejores que nosotros con la pelota en los pies.

Muy temprano llegamos uno a uno y silenciosamente nos fuimos poniendo los uniformes. Sabíamos que lo más probable era que esa mañana nos llevaríamos una goleada. Mientras nos enfundábamos los uniformes mirábamos de reojo hacia el costado de la cancha donde un grupo de los de 9º hacía lo propio. Se comenzó a acercar la hora fijada para el comienzo del partido. Nosotros estábamos los 11, pero ellos tenían sólo 5 jugadores. De repente se abría una posibilidad: ¿y si no llegaba el mínimo de jugadores para conformar un equipo y ganábamos por W?

El árbitro estaba listo, nosotros también, y ¿ellos? Seguían allí, los mismo 5 jugadores que ahora miraban con desesperación hacia el horizonte esperando la llegada de al menos otro jugador más.

Cuando 5 minutos después de la hora fijada para el comienzo del partido el árbitro pitó que habíamos ganado por W nos abrazamos, cantamos y lloramos de emoción. Los de 9º se retiraron cabizbajos de la cancha con una mezcla de impotencia e incredulidad. Esa mañana de sábado habíamos logrado una hazaña: le habíamos ganado a los de 9º año.

Claro, habíamos ganado nosotros, pero había perdido El Fútbol. Eso debió pensar el público que en un número cercano a las 80 personas, había ido esa mañana a ver el partido.

Mi impresión es que con el concurso de la Cámara de Comercio de Bogotá pasó algo semejante: Al no permitir una competencia abierta y transparente, alguien con un afán de protagonismo y un desatino tan grande como el del árbitro que expulsó a Pelé, prefirió ganar por W, pero perdió La Arquitectura.

Pienso: Qué desperdicio! Y la SCA ¿qué opina al respecto?

Hugo Mondragón L.

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El Show va a comenzar

Acaba de terminar la primera fase de un importante concurso arquitectónico internacional para los Bogotanos. Se trata de la selección de las cinco Firmas o Consorcios de Arquitectos que presentarán una propuesta para el Centro internacional de Convenciones de Bogotá, escogidos dentro de una lista de noventa candidatos de gran prestigio mundial. Es de destacar y aplaudir que entre los seleccionados aparecen arquitectos colombianos altamente calificados  que con seguridad sabrán sudar la camiseta y propondrán un proyecto digno y destacado. Hasta aquí el texto parece un comunicado de prensa con final feliz de cuento de hadas, que no justifica el tiempo malgastado en escribirlo, ni en leerlo.

Pero el cuento no es tan colorín colorado. Hay un diablito que se esconde entre las bases del concurso, y que obliga a una segunda mirada. Cito a continuación algunos apartes de la información divulgada por los promotores:

“Centro Internacional de Convenciones de Bogotá, un espacio de talla mundial que se convertirá en ícono de la ciudad y permitirá promover internacionalmente a Bogotá, así como atraer el turismo corporativo y de negocios para mejorar la competitividad de la ciudad.”

“Según Consuelo Caldas, Presidenta Ejecutiva de la CCB, con este proyecto la Cámara de Comercio de Bogotá y Corferias esperan mostrar a Bogotá como una ciudad dinámica, incluyente y sostenible que se convierta en un ícono urbano de la talla de la Torre Eiffel de París, el Teatro de la Ópera de Sydney o del Museo Guggenheim de Bilbao.”

“Durante la primera etapa del concurso, se elegirán los cinco (5) candidatos que presenten el mejor diseño conceptual. Para esta elección se calificará, entre otros aspectos:

• Innovación en el diseño

• Sostenibilidad  medioambiental.
• Incorporación del Centro de Convenciones al entorno.
• Cumplir o exceder el estándar LEED GOLD o similares.
• Debe alinearse al proceso de transformación del área de influencia INNOBO y tener una presencia visual que lo haga único en su género.”

“Las instalaciones deberán tener una presencia visual única”.

Hurgando en estos apartes  y buscando al diablito, encontramos lo siguiente: Dos veces se refieren al edificio como un icono de la ciudad y un  icono urbano, y otras dos se pide una presencia visual que lo haga único y una presencia visual única. Dentro de los aspectos a calificar no se menciona en ningún momento la calidad arquitectónica, la funcionalidad o la economía, entendida ésta como la óptima utilización de las técnicas y materiales más adecuados. Preocupa entonces que se esté esperando, no el mejor edificio, sino el más vistoso. Es decir, una muestra más de la funesta arquitectura mediática. Si lo que se busca con la arquitectura es el espectáculo, para promover internacionalmente a Bogotá y atraer al turismo,  no saldría más barato contratar unos payasos?

Hace un par de meses escribió Miguel Mesa un artículo sobre la arquitectura imponente, y decía: “Las arquitecturas imponentes son esas que parten la ciudad, la anulan y son signos de inequidad”…”Pero los edificios imponentes son impotentes: no saben nada de la geografía, el clima o el urbanismo. Edificios herméticos que aterrizan impávidos en la calle y se mantienen con aire acondicionado en el trópico”. Hasta aquí Miguel.

Yo comenté en esa oportunidad y por este mismo Blog: “Seamos justos, Miguel. La verdadera arquitectura imponente (que la hay) no es culpable de que le adjudiquen el criticado adjetivo; nace sin pretensiones y su calidad, el cumplimiento de la función para la cual fue creada, la estética resultante de la ética de su diseño y la aceptación y cariño de sus usuarios durante años (ojalá muchos) la convierten, sin quererlo, en imponente”…. “Nos referimos entonces a esa arquitectura mediática que nace del arquitecto pedante, la enaltece la revista de moda,… que se destaca por ser la más ostentosa, o la más cara, o la más alta, o la más absurda, o la del mayor voladizo innecesario. Son los falsos positivos de la arquitectura”.

Estaremos entonces condenados a convivir con un gran banano ó una gigantesca alcachofa? Yo personalmente espero que no. Confío en que la alta calidad de los participantes produzca unos diseños de calidad igualmente alta. Y el jurado, serio y responsable, escoja el proyecto arquitectónicamente mejor, que si propone una buena arquitectura representativa de este siglo que está comenzando, se convertirá automáticamente y por sus propios méritos, en Icono.

Mientras tanto, ocupemos cómodamente nuestras butacas, mientras se levanta el telón. El Show va a comenzar.

WILLY DREWS

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