Centro_Internacional

Toc, toc

Por: Benjamin Barney-Caldas

En: debates - opinión -

Es evidente que el Plan de Le Corbusier para Bogotá no consideraba la propiedad privada del suelo urbano, lo que precisamente haría imposible su implementación. Ni el impacto que tendría en los habitantes de la capital la transformación total de la imagen del centro histórico de su ciudad. Ni las implicaciones culturales de la desaparición de parte de su patrimonio construido, ni la alteración radical del contexto del que quedaba en pie. Como si sólo interesara dibujar una utopía urbana de actividades zonificadas tajantemente, grandes zonas verdes, edificios aislados en ellas, centros culturales, comerciales y de gestión cada cual por su lado, unidos por autopistas urbanas.

Y lo que difícilmente se podía prever fue su “realización” a retazos y malinterpretado en varias ciudades del país, cuyo caso extremo fue Cali. Con la disculpa de los VI Juegos Panamericanos de 1971, se sacaron del centro de la ciudad todas las actividades gubernamentales. Se demolieron muchos edificios moderno historicistas, mal llamados republicanos, y las últimas casas coloniales que habían quedado y sólo se salvaron unas pocas del siglo XIX que ya son de tradición colonial. Se construyeron edificios codiciosamente altos que llenaron el centro de culata y taparon los dos cerros tutelares de Cali y la cordillera atrás con sus magníficos farallones que ya nadie ve. Y se realizó, incompleto, un plan vial que cercenó el centro histórico de los barrios tradicionales que lo rodeaban.

Vale la pena imaginar qué hubiera pasado si el Plan de Le Corbusier se hubiera podido llevar a cabo. Basta con vivir dos de los poquísimos intentos de urbanismo moderno realizados junto con su arquitectura ídem: el Centro Internacional de Bogotá y Brasilia. El primero pone en claro la bondad de ser peatonal y desaparecer los carros, justo al contrario de Brasilia en donde no se puede vivir sin ellos. Los dos dieron patente de corso a ese despropósito de poner apartamentos idénticos uno encima del otro desde el segundo o tercer piso hasta el último. Y ambos ejemplos, donde todo es nuevo, presentan ese total aburrimiento que significa en una ciudad esa especie de cirugía plástica que elimina sus viejos rasgos, el patrimonio construido desde siglos antes, sin tener al lado al menos una bella iglesia colonial, como en el caso de Bogotá o toda una ciudad en el de Cartagena.

Como dice María Cecilia O’Byrne: “A veces toca… ¡volver a estudiar el Plan Director de Le Corbusier para Bogotá!” y precisamente a eso es a lo que nos ha llevado el artículo de Willy Drews en Torre de Babel. Pero comenzando porque las ciudades surgen por el comercio, la industria, la guerra, la religión y el tráfico de conocimientos (Pirenne, 1939). Que son para satisfacer las necesidades de unos ciudadanos pero su finalidad es que vivan bien (Aristóteles, s. IV a.EC.). Que transforman al campesino en ciudadano, y sus deseos y necesidades convierten un sitio natural en un lugar construido (La Blache, 1922), aislando un espacio en la naturaleza para vivir en él civilizadamente (Ortega y Gasset, 1930). Que concentran el poder de una sociedad, son escenario y símbolo de su cultura y, con la lengua, la mayor creación humana (Mumford, 1938). En fin, un arte colectivo (Schneider, 1960) y específico, con teoría y práctica propias (Rykwert, 1963; Sitte, 1889; Moholy–Nagy, 1968).

* Imagen (CC) Pedro Felipe, via Wikimedia Commons.

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