Pornomiseria arquitectónica

Por: Guillermo Fischer

En: debates - teoría -

Febrero 6, 2013

 

En la última Bienal de Venecia se presentó como “instalación” la dramática ocupación de un rascacielos abandonado, la Torre David en Caracas, por parte de gente sin techo. El edificio de 45 pisos cuya construcción se paró en el año 1994, quedó inconcluso, y posteriormente fue saqueado, y así, sin fachadas, ni instalaciones hidráulicas y eléctricas, ni ascensores, fue ocupado en el año 2007 y actualmente es morada para 2.500 personas.

 

El autor de la instalación fue el colectivo Urban-ThinkThank,  que la presentó en como si fuese arte; y precisamente así, como si lo fuese, fue premiada con el León de Oro.

 

Asistimos tal vez al lógico devenir de la arquitectura-espectáculo, temática ya demasiado ajada para el mercado de la imagen; estamos ante una nueva forma del espectáculo arquitectónico, más sofisticada, sin embargo, similar a la que hace décadas rondó el cine: la pornomiseria.

 

Vale la pena recordar la película Agarrando Pueblo, donde Carlos Mayolo y Luis Ospina hacen una sarcástica disección del fenómeno de mostrar la miseria ajena con el doble propósito de lograr reconocimiento y hacer dinero.

 

Esta pornomiseria arquitectónica es más sofisticada que la arquitectura-espectáculo porque contiene un elemento nuevo, perverso, el mismo mecanismo que se esconde al mirar por el ojo de la cerradura: el mirar, sin que nadie se de cuenta, lo que es está prohibido: contemplar, con placer, la miseria de los otros.

 

En esta nueva tendencia de ver y mostrar  arquitectura estamos perdiendo lo poco que quedaba de ese fláneur, de ese deambular baudeleriano, para pasar directamente al voyeur. Mientras el fláneur se rodea de gente en su paseo urbano, y de esto algo queda todavía en la arquitectura espectáculo –ya que no es exclusivamente mercadería mediática sino también turística– el voyeur arquitectónico fisgonea escondido, ya sea desde la comodidad de su computador, o en la relativa privacidad de la sala de exhibición.

 

Como lo bien lo anota Ramón Gutiérrez, en esta Bienal donde la arquitectura parece estar ausente,  ya no tiene como beneficiario el ego y bolsillo de los arquitectos estrella, sino los de quienes han estado detrás de bambalinas, sin que se les haya reconocido: “teóricos” provenientes de la academia, que ahora van por su porción de gloria mediática y el considerable reconocimiento económico que puede retribuir la miseria ajena.

 

Aquí podemos ver cómo esta mutación de la arquitectura mediática que se ha bautizado “arquitectura y política”, toma también prestado del arte,  específicamente del “arte político” de donde recoge su modus operandi: el ejercicio de la denuncia con fines  mercantiles, apoderándose como en este caso, de uno de sus procedimientos: la “instalación”,  y  de sus agentes:  el “colectivo”.

 

Para la próxima Bienal  se mantendrá el planteamiento paradójico del comisario del versión 2012, David Chipperfield: el divorcio del starsystem por parte de sus mismos protagonistas. Para el 2014 ya fue  nombrado como comisario Rem Koolhaas, quien se ha apresurado a declarar:

 

“El arquitecto estrella es una figura que no existe, un lugar común para referirse a los que ganan montañas de dinero y realizan todos los proyectos que desean. Un invento de los periodistas perezosos”

Perfecto, el derecho al cinismo es para todos.

 

Guillermo Fischer

 

 

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