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Sin ESPACIO para el METRO

Junio 22 – 2016

La falta de un sistema de metro para Bogotá tiene un antecedente inmediato en el artículo 177 del POT 2000. En este debut de la figura Ordenamiento Territorial, aprobado entre 1997-2000 durante la primera alcaldía de Enrique Peñalosa, también se incluyó una Primera Línea del Metro que se desarrollaría “en dos etapas, durante un periodo de 9 años, contados a partir de la aprobación del presente Plan. Primera etapa: 15,3 km. por las avenidas Ciudad de Villavicencio y Ciudad de Cali, hasta la Calle 28-31. Segunda etapa: por Avenida Alberto Lleras Camargo y la carrera 7, hasta la Avenida Chile, calle 72.”

En su momento, el POT 2000 se aprobó incompleto y a lo largo de su vigencia ni se terminó ni dejó de modificarse. Durante las alcaldías posteriores sólo hubo lo usual: golpes de pecho, declaraciones de intención, dibujos futuristas y comunicados de prensa. Y hoy no hay metro plan de metro, ni POT; sólo la idea de que un POT es un requisito legal que se cumple pero no se acata.

En el 2000 no parecía necesario privilegiar o descartar el metro, dado que el proyecto de primera línea se suspendió por la coyuntura tragi-económica del costo prohibitivo de los tramos subterráneos, sumado al terremoto del 25 de enero de 1999 en el Eje Cafetero, que absorbió los recursos nacionales del momento. Se sumaba a la tragedia que el tema del transporte masivo era una prioridad bogotana, y como Bogotá ya tenía su versión fallida de buses de carril exclusivo por la Troncal-Caracas, corregirla se volvió una alternativa, tan atractiva como urgente. Además, todavía se pensaba que un metro debe ser subterráneo, por defecto, y que sólo por desgracia se saca a la luz del sol. Tampoco había claridad respecto a la relación entre metro y espacio público y menos sobre la importancia de un sistema de metro integrado con uno de trenes regionales; y menos sobre la importancia del sistema de metro como proyecto estructurante dentro de un Plan urbanístico. Pero esto fue hace más de quince años. Los problemas fueran los mismos y reproducir hoy la misma falta de claridad es un sinsentido.

Sin referencia a este POT inaugural y sin relación alguna con uno nuevo, el alcalde ya presentó su plan de gobierno para “recuperar” Bogotá y el camino para “llenar la ciudad de TransMilenios” ya está despejado por el Concejo. Pensará el alcalde que después de tanto esfuerzo para volver al poder, no es para menos. Al fin y al cabo, la retoma fue muy difícil y exigió un par de maniobras que demuestran dos virtudes, o dos vergüenzas, según quien lo vea: i) Deambular durante varios años de un toldo político a otro, en busca del padrinazgo adecuado para volver a la alcaldía. ii) Aprender a disimular sus antipatías por el metro, la reserva Thomas van der Hammen y la planeación urbanística, convenciendo a los electores de que Gustavo Petro era su único fastidio. Para verificar el desprecio público por su antecesor no necesita demostraciones. Para ponerse al día con lo demás, bastan unos minutos de video. Sigue leyendo

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METRO-politano

Abril 6 – 2016

En tres intervenciones anteriores intenté mostrar que a Bogotá le está yendo mal en asuntos de planeación urbana, debido a la pobreza de un diseño institucional que permite a alcaldes y gobernadores a planear las ciudades como parte de los planes de gobierno. En Pobre metro, planteo que nos quedaremos sin un sistema de metro porque el alcalde Enrique Peñalosa va a “cumplir” con el compromiso de hacer la línea prioritaria, en la medida que tal promesa no interfiera con la promesa superior de llevar el sistema TransMilenio a sus últimas consecuencias. En Sabana pobre de Bogotá, planteo que a pesar de la retórica sobre la inminente necesidad de que Bogotá sea una región cuyas fronteras sean geográficas, seguiremos con el mismo perímetro urbano político-administrativo, porque la decisión depende de un improbable acuerdo de paz entre los alcaldes de Bogotá, los alcaldes de los municipios aledaños y el gobernador de Cundinamarca. En Espacio público a la romana, planteo que si aspiramos a que el espacio público tenga la importancia que se dice que tiene, su concepción debe superar la concepción recreativa que reflejan la norma urbanística vigente y la política gubernamental de “recuperar Bogotá”, y dar un paso adelante hacia una concepción cívica que incluya varios tipos de edificio, en particular el metro.  Sigue leyendo

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ESPACIO PÚBLICO a la romana

Abril 5 – 2106

En Bogotá tenemos una ambigüedad con el espacio público, explicable a partir de dos realidades: la política de “recuperación” de espacio público de la administración y la “norma” que define el artículo 239 del Decreto 190 de 2004.

Espacio público recreativo es el que muestra especial simpatía por caminantes, ciclistas y consumidores de amenidades, sumada a una cautelosa antipatía por los usuarios de “el vehículo privado”. Se trata del espacio que la administración de la ciudad está tratando de “recuperar” a través de acciones bienintencionadas como expulsar de los andenes a los vendedores ambulantes y limpiar las paredes grafiteadas; hacerle la vida difícil a los carros y promover el transporte en bus y en bicicleta; construir más parques y ciclorrutas; y promover los espacios de uso mixto, ideales para la socialización. Este conjunto de acciones para defender el espacio público coincide con lo que Michael Sorkin llama despectivamente urbanismo de capuchino. Lo cual no significa que tal espacio sea un error sino que el espacio público no se puede reducir al espacio memorable y a la felicidad peatonal. Sigue leyendo

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Imagen tomada de http://valdivialternativa.blogspot.com.co/2011/09/los-malabares-y-sus-beneficios.html

SABANA pobre de BOGOTÁ

Abril 4 – 2106

Con la planeación de la Sabana de Bogotá como una región sin fronteras hay tres bandos de opinión: resignados, provincianos y metropolitanos.

– Los resignados, convencidos de la necesidad de planear la Sabana como un territorio, pero más convencidos de la imposibilidad de hacerlo porque “ahí hay muchos intereses”.
– Los provincianos, convencidos de que “llegó la hora de frenar el crecimiento de Bogotá” y de que es “urgente planificar un desarrollo menos centralizado y más equilibrado entre Bogotá y el resto del país”.
– Los metropolitanos, convencidos de que las ciudades grandes son una realidad y que planear es cuestión de método. Y que si hoy en la Sabana de Bogotá vivimos aproximadamente 10 millones, a los empellones, podríamos vivir 15 o 20 millones, de manera racional. Sigue leyendo

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Pobre METRO

Marzo 31 – 2106

Es un hecho que los bogotanos estamos polarizados con el metro, pero no entre los que odian a Gustavo Petro y los que odian a Enrique Peñalosa, sino entre quienes creen en el alcalde y los que creemos en el metro. O entre los que al oír la palabra metro vemos el fantasma de TransMilenio y los que, al oír la misma palabra, fantasean con una ciudad con un metro, por lo menos como el de Medellín. O entre los que ven en el alcalde un experto mundial en urbanismo, y aceptan que “por algo será que lleva quince años dando conferencias por todo el mundo”, y los que vemos en él un vendedor de ungüentos urbanísticos. O entre los que consideran que es un líder político nato, preparado como nadie para salvar a Bogotá, y los que consideramos que ojalá estuviera gerenciando una firma constructora y no de gobernador de Bogotá. Sigue leyendo

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Vigilantes del espacio público

Enero 28 – 2016

Vigilantes

La planeación urbana como institición, en Colombia, permite a los alcaldes planear y construir la ciudad, contraviniendo el principio democrático del balance de pesos y contrapesos que busca separar legisladores, ejecutores y jueces. La misma institucionalidad de la planeación que contribuye a que planear y ejecutar se conjuguen en una sola persona, contribuye también a complicar la separación de competencias entre políticos y técnicos. Es un hecho que, en últimas, las decisiones las toman los gobernantes, pero esto se da dentro de un rango de cuatro posibilidades para la acción: a) hay gobernantes que sólo toman decisiones técnicas, sin importar el origen de las ideas; b) hay técnicos que al volverse gobernantes toman decisiones que con frecuencia sacrifican la técnica; c) hay gobernantes que toman decisiones políticas sin fundamento técnico; y por último, lo que estamos reviviendo en Bogotá, d) hay gobernantes que se asesoran de especialistas para llevar a cabo sus ideas, pero si algún especialista no está de acuerdo con el sueño del gobernante, se va del equipo.

Respecto al juego en equipo –y contra la amnesia– recordemos que durante la primera alcaldía de Enrique Peñalosa se hizo el primer POT para Bogotá y que éste quedó a medias, en parte por una objeción del mismo alcalde respecto a la reserva Thomas van der Hammen. Como gobernante aceptó que hubiera una junta provisional para decidir sobre urbanizar o conservar la reserva, y aceptó que incorporaría al POT la decisión que un Panel de expertos le diera al estudio. Pero al día siguiente del sí por parte del Panel, demandó la decisión. Aunque esto equivaldría en fútbol a coger el balón con la mano, en planeación las reglas son otras. Así como en el código de Hammurabi “si un hombre superior le rompe el hueso a otro hombre, que le rompan el hueso”, las reglas eran otras. En la lógica del análisis del lenguaje, se trata de diferentes “juegos de lenguaje”.

Si las reglas del juego urbanístico fueran otras, sería de esperar que el último acto de gobierno de un alcalde saliente fuera dejar la casa en orden, y que el primer compromiso del nuevo gobernante fuera pasar el plumero por última vez, poner las fotos de la familia en el escritorio y empezar a trabajar. Sin embargo, con la reciente llegada de Peñalosa a la alcaldía de Bogotá revivimos una versión del eterno retorno en la cual la última acción del alcalde saliente consiste en dejar contratado lo que pueda, y la primera acción del alcalde entrante consiste en deshacer lo que pueda. Si las reglas se pudieran cambiar –que siempre se puede– las grandes decisiones de planeación pasarían por un proceso más democrático que el actual. En un artículo anterior sugerí que el legado de Peñalosa podría ser una “institución” que corrigiera este problema de unos sueños en conflicto que acabamos padeciendo todos, unos más que otros. Ahora, continúo con la idea: la institución sería una Junta de Planeación para la sabana de Bogotá, con un diseño institucional similar al de la Junta del Banco de la República.

La Junta del Banco es reconocida por varias cualidades: continuidad operativa, independencia política, competencia técnica e injerencia en el futuro de la economía nacional. Además, hay casi un consenso nacional –e internacional– respecto a que tales características –continuidad, independencia, competencia e injerencia– son una virtud que la protege contra la presión coyuntural de políticos y empresarios. En consecuencia, una Junta de planeación para la sabana podría tener unas características generales análogas a las de la Junta del banco: continuidad operativa, independencia política, competencia técnica e injerencia en el futuro del espacio habitable de la sabana de Bogotá.

Las ideas de la Junta provendrían tanto de sus miembros como de lo que propusieran agremiaciones, universidades, público en general y políticos, especialmente los diferentes candidatos en campaña a la alcaldía. Su función, en términos generales, coordinar, controlar y tomar las decisiones rectoras de planeación en cinco frentes espaciales:
– Conservación y mejoramiento del espacio público existente.
– Generación del nuevo espacio público.
– Dotación de equipamientos urbanos y su relación con el espacio público.
– Delimitación y conservación del espacio no urbanizable.
– Manejo coordinado del agua, la biodiversidad, la minería, la basura y la construcción.

Dentro de una lógica interdisciplinar y en debate con una lógica disciplinar, sería preferible que la Junta estuviera conformada por un conjunto diverso de especialistas en temas relacionados con la construcción del espacio habitable, cada uno con un voto. Representantes de disciplinas ajenas al diseño y la construcción como biología, sociología, derecho, economía y antropología, junto a representantes de las disciplinas del diseño y la construcción como ingeniería, urbanismo, conservación patrimonial y arquitectura; junto a los principales políticos encargados de la ejecución de planes como el gobernador de Cundinamarca, los alcaldes entrante y saliente de Bogotá; y un ministro como el de vivienda. Y junto al director de la CAR, como la única institución actual con sentido y visión de futuro no-provinciano.

La apuesta por una composición tan heterogénea sería arriesgada y podría terminar en un Frankenstein. Menos arriesgada, sin embargo, que la apuesta cuatrienal de seguir otorgando a un soñador, por voto popular, el título de doctor honoris causa en urbanismo. Así, el último graduado podría estar llevando a cabo algunas de sus ideas de un modo más consecuente con una democracia del siglo XXI que con el código de Hammurabi.

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