Archivo de la categoría: opinión

UN PAISAJE DEL PAIS PAISA

Un PAISaje del PAIS PAISa

Abrimos el broche y entramos al cafetal. Yo tendría 6 o 7 años…

Me toca exprimir viejos recuerdos casi olvidados –como este– de una niñez hace largo tiempo ida, para tratar de reconstruir el paisaje cafetero del País Paisa que yo conocí. El País Paisa –Antioquia y el Gran Caldas– tiene todos los climas y paisajes, desde los cañones abrasadores de las riberas del Cauca, pasando por las colinas templadas sembradas de café, hasta los empinados páramos que alguna vez estuvieron cubiertos de blanco y hoy asoman avergonzados su cabeza pelada de arena gris.

El paisaje cafetero fue obra del hombre. La naturaleza aportaba solamente la geografía y el hombre cubría el terreno ondulado con arbustos verdes de pepas rojas, formados en filas y columnas como soldados, debajo de un bosque que suministraba la sombra que los cafetos necesitaban. Era un bosque principalmente de guamos acompañados de guayabos, yarumos y tal cual acacia.

Entrábamos por una guamoleda (alameda con guamos en vez de álamos) y nos sentábamos en el suelo a comer esos frutos verdes y largos que al retorcerlos se abrían mostrando una sonrisa blanca de grandes dientes de peluche dulce. El piso estaba cubierto por una alfombra de hojarasca, con un dibujo de luces y sombras que se movían al vaivén del viento, salpicada de mariposas amarillas y blancas que cada tanto abrían y cerraban las alas para mostrar que estaban vivas por pocas horas. Las pepas, únicas sobrevivientes de la guama, se abrían y se ponían: una en la nariz, dos en las orejas, y diez en los dedos de las manos.

El paisaje cafetero no era para mirarlo. Era para vivirlo con su olor a tierra removida y fruta madura, sus distintos verdes salpicados de punticos aleatorios rojo toche, azul azulejo y amarillo canario; su contraste de luces y sombras que cambiaban continuamente; la caricia sobre la piel del sol de clima templado filtrado por los árboles; el trino de los pájaros y el canto de las cigarras cansadas del silencio de un año de entierro.

El camino era en gravilla que crujía al ritmo de nuestros pequeños pasos. Al final del camino estaba la casa –de uno o dos pisos– que pertenecía al paisaje, como si siempre hubiera estado allí.

Un amplio corredor con una chambrana de madera de macana rodeaba la casa, pero no era simplemente un espacio de circulación: era un sitio para permanecer, con sillas perezosas y mecedoras, cubierto por un ancho alero de su techo en teja de barro, sostenido por una estructura de pilares y vigas de madera. A menudo, las paredes contra el corredor estaban protegidas de los golpes de las mecedoras por un zócalo de madera.

Las habitaciones se abrían al corredor por medio de puertas de madera de dos abras cuidadosamente trabajadas, con postigos que permitían la entrada del aire y la luz sin sacrificar del todo la privacidad. El color era un elemento muy importante en la arquitectura del café e imponía discretamente su sello personal en el paisaje. El blanco del encalado de los muros en bahareque contrastaba con el color –a veces dos– de la carpintería de madera. Los más usados eran el verde, el azul y el naranja. Estos materiales y colores eran los mismos para las construcciones de los ricos y las de los pobres.

Las casas –no diseñadas por arquitectos– eran construidas por maestros, con artesanos que dejaban muestras de su habilidad y cariño en los artesonados de los cielorrasos –principalmente en el comedor– y en los calados de madera. Las casas de hacienda incluían las dependencias necesarias para el beneficio del café. Debajo del piso se guardaban unas grandes bandejas que corrían sobre rieles, y permitían sacar a secar el café en los días de sol y guardarlo en los días de lluvia. Cuando la pendiente del terreno lo permitía, debajo de las habitaciones se ubicaba la pesebrera para el descanso de mulas y caballos, el medio de transporte más adecuado para el cafetal. Al lado estaba el corral.

El paisaje cafetero ya no es el mismo. El bosque de guamos desapareció con la llegada de los nuevos tipos de café que no necesitan sombrío. Se fueron los toches, ya no cantan los canarios y desaparecieron los azulejos. Sus trinos fueron derrotados por el silencio y las cigarras se enterraron para siempre con su canto. Ya no huele a tierra y guayaba, la vida efímera de las mariposas se cumplió, y la alfombra de luces y sombras desapareció. Los ingresos de los cafeteros mejoraron y casas nuevas reemplazaron a las casas viejas. Con las casas nuevas llegaron los arquitectos y con ellos materiales extraños al entorno y menos amables con el paisaje, como ladrillo, concreto, aluminio y vidrio.

La desaparición del bosque desnudó la nueva arquitectura ajena a la geografía, al clima y al entorno. Ya no existen los amplios corredores y las puertas-ventanas con postigos cariñosamente trabajadas han dado paso a innecesarias fachadas de vidrio. Los caballos y las mulas salieron para siempre de debajo de la casa vieja, y en frente de la nueva aparecieron ostentosos automóviles agrediendo el panorama.

El paisaje es parte irremplazable de nuestra cultura, definitorio de nuestra identidad, y aportante a nuestra calidad de vida. La minería, la erosión, la explotación del suelo, la urbanización, la ignorancia y la desidia, están acabando con el paisaje que vamos a dejar a esos hijos y nietos que no saben que es chambrana, ni macana, y nunca se han comido una guama.

Comparte este artículo:

Muertos baratos

Muertos baratos

Errar es humano. Pero es más humano echarle la culpa a otro.
Les Luthiers

Esta afirmación de Les Luthiers es de muy fácil y frecuente aplicación en el caso de colapsos de edificios. Cuando se presenta la tragedia, al primero que señala el dedo acusador es a un humano: el Curador Urbano. Este puede hacerle el quite a la responsabilidad y dejarla pasar diciendo que tanto el ingeniero de suelos como el calculista, al radicar sus proyectos, firmaron un documento donde se hacían responsables del estudio y sus consecuencias.

Normalmente, cuando falla una cimentación, el suelo –que es noble– cede lentamente y el edificio se hunde o se inclina anunciando su muerte inminente. No así la estructura de concreto que puede fallar en forma súbita cuando no está cumpliendo normas y códigos, dejando al calculista en el eje del huracán. Este (humano) puede alegar que la culpa es del promotor por haber pedido, sobre la marcha, dos pisos más.

Entonces el promotor (también humano) pide que revisen la manera en que el constructor levantó la estructura, y este (un humano más) da un paso al lado, alegando que cumplió con lo estipulado en los planos que recibió y que utilizó los materiales especificados, los que seguramente son los culpables del colapso.

Tiene entonces el proveedor (otro humano) que salir en su defensa y, al buscar en la cadena de quién puede recibir la culpa, encuentra los dos últimos eslabones: el usuario y la Divina Providencia. Al usuario solo se lo puede culpar si ha cambiado el uso del inmueble, llenando –por ejemplo– el apartamento de libros hasta el techo, carga no prevista en el diseño. Finalmente, a la Divina Providencia (no humana) se le puede endilgar todo lo demás: terremotos, deslizamientos, huracanes, inundaciones.

Alguno se estará preguntando por qué el arquitecto no apareció en la cadena. El motivo –ya lo he dicho– es que el arquitecto es el único profesional que no puede tener la culpa. Él propone la estructura y el calculista la calcula –y asume la responsabilidad– o la rechaza si no la encuentra viable. Un diseño arquitectónico puede ser feo, costoso, absurdo y no funcional, pero nunca la estética, los sobrecostos y la falta de lógica y funcionalidad han causado un colapso.

Otro se estará preguntando por qué hablo de colapsos. La respuesta es: porque en Cartagena se acaba de caer un edificio de siete pisos en construcción –en un sector donde el máximo de altura permitida es de cuatro pisos–, amparado por una licencia aparentemente falsa, causando veinte muertos, diez y seis heridos y catorce desaparecidos. Además, hay otros desaparecidos que no figuran en esta lista: los promotores-constructores quienes, tan pronto cayó el edificio, pusieron pies en polvorosa. O en la arenosa.

Otro más se preguntará: y si aparecen, ¿cuál será la pena para el culpable? No se sabe. Pero como referencia, veamos qué pasó con los culpables de la caída del bloque seis del conjunto SPACE en Medellín, el 12 de octubre de 2013.

La causa del siniestro, de acuerdo con el estudio de la Universidad de los Andes, fue «la falta de la capacidad estructural de las columnas para soportar las cargas actuales», debido a que los cálculos estructurales no cumplían con los requisitos de la Ley 400 de 1997. Está muy claro que este incumplimiento de las normas no fue ineptitud ni ignorancia ni descuido ni error, sino una consideración que no requiere muchas matemáticas: hierro que no se pone y concreto que no se funde son una mayor utilidad para el negocio. Esta ecuación tan rentable costó doce vidas. Inexplicablemente, los ingenieros antioqueños ofrecieron en su momento una condecoración –afortunadamente rechazada– al representante legal de la firma promotora Lérida CDO. Como si fuera poco –según el periódico EL TIEMPO–, la Superintendencia de Industria y Comercio acaba de revocar la multa impuesta a tres de las cinco personas investigadas de dicha firma. El Consejo de Profesionales de la Ingeniería –COPNIA– acaba de sancionar a quienes tuvieron que ver con el diseño, la construcción y la supervisión del edificio SPACE con inhabilidad para ejercer su oficio. Al calculista se le canceló la matrícula profesional de por vida.

Mientras el país reclama sesenta años de cárcel para el asesino de una niña, para el considerado causante de doce muertes no aparece en la noticia la palabra cárcel. Lo que sí aparece es una multa de $128.870.000, que equivale a poco más de $10.000.000 por muerto.

Seguramente los hasta ahora desaparecidos responsables de la tragedia de Cartagena no estarán muy afanados por ser más humanos y –como dicen Les Luthiers– buscar a quien echarle la culpa, pues ya saben que –al menos en Medellín– los muertos en colapso de edificio son baratos.

Comparte este artículo:

BD Bacatá

El BD Bacatá y el ave Fénix

Cuando uno cree que un tema se ha terminado, siempre resucita, como el ave Fénix, y aparece algo más. Me refiero en este caso al rascacielos BD Bacatá. Pensé que la negativa de la Secretaría Distrital de Planeación a revocar la licencia era el colorín colorado de este cuento, hasta que el periodista Alexander Marín publicó en EL ESPECTADOR un artículo titulado Las dudas de los inversionistas del BD Bacatá, a raíz del cual le mandé la siguiente carta:

Señor
ALEXANDER MARIN
El Espectador

Estimado Sr. Marín:

Leí con mucho interés su artículo «Las dudas de los inversionistas del BD Bacatá» en EL ESPECTADOR del domingo 12 de marzo. Y digo con mucho interés porque el tema del famoso rascacielos ha sido motivo de mis críticas y preocupaciones. Las críticas se han publicado en el Blog de arquitectura TORRE DE BABEL, y las preocupaciones las sigo cargando. Ha sido pelea de tigre y burro amarrado.

Mis motivos de inconformidad han sido muchos y están suficientemente aclarados en los cuatro artículos que le adjunto. Pertenecen a cuatro temas: urbanos (que afectan a la ciudad), arquitectónicos (que afectan a  usuarios), económicos (que afectan a compradores ) y normativos (que permitieron la construcción). Vamos por partes.

El tema urbano que más preocupa es la ubicación del edificio –que genera un gran movimiento de peatones y vehículos– en una zona de por sí ya congestionada. Los miles de peatones nuevos que atraerá el edificio tienen que circular por los andenes actuales, pues el proyecto no dejó ni un metro cuadrado de espacio público, y si el pequeño espacio abierto en el centro –que no público– va a ser cubierto, el lote queda construido en un 100%.

Debido a esta ubicación, la accesibilidad en automóvil es tal vez el tema más álgido. El único acceso y salida del proyecto en automóvil es por la calle 20 (de dos carriles) para desembocar en la carrera quinta, igual de ancha y ya completamente copada. Por allí entran y salen –si pueden– los más de 700 automóviles que alberga el proyecto. Se habría podido al menos mitigar esta tragedia cediendo unos metros sobre la calle 20 y la carrera 5 para ampliar la vía, pero ya no se hizo.

El proyecto aprobado presentaba algunos problemas de tipo arquitectónico, como un hall de ascensores excesivamente estrecho, entrada a parqueaderos muy pequeña, un sótano demasiado bajo que no permitía la entrada del camión de trasteos, escaleras de evacuación insuficientes, etc. Yo puse estos problemas en conocimiento de la firma de arquitectos española, autora del proyecto. Desconozco si se corrigieron.

Me llamó la atención en su artículo que los compradores están preocupados por lo que no toca –demora en recibir ganancias– y no por lo que sí toca –el valor de esas ganancias–. Tal vez quienes compraron oficinas o apartamentos para arrendar no están conscientes de que pagaron precios de estrato seis, y tienen que competir con la oferta de inmuebles en el norte, sin el grave problema de la accesibilidad. Los que compraron Fidis del hotel harían bien en pedir que les digan cuánto van a recibir. Si ya existe un operador, ya se debe saber cuánto se recauda y se reparte mensualmente. En el año 2012, BD Bacatá anunció que el estudio de rentabilidad del hotel se había hecho con una tarifa de $270.000, difícil de aplicar, teniendo en cuenta que en ese momento el hotel Ibis (por ejemplo), bastante nuevo, bien ubicado, cobraba $ 112.000. Si el hotel es de cinco estrellas, el problema aumenta. Les recuerdo que, según la propaganda, «Los FiDis no son una inversión financiera: no garantizan una rentabilidad ni su redención en un plazo determinado», y además su rentabilidad es de medios, no de resultados. Por lo pronto, que todos los inversionistas se olviden del rendimiento prometido de 16% anual.

Mi lucha contra el BD Bacatá terminó en septiembre de 2012, al solicitar –con el apoyo de la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá– la revocatoria de la Licencia de Construcción. La respuesta de la Secretaría Distrital de Planeación, contenida en la Resolución Nª 11-86 de septiembre 25 de 2012 fue contundente: «Los asuntos de tipo estructural, normativo y volumétrico aprobados mediante la Licencia de Construcción Nª LC 11-4-0303 del 2 de marzo del 2011, que no fueron objeto de modificación, no pueden ser motivo de estudio o pronunciamiento en esta oportunidad, por tratarse de un Acto Administrativo que se encuentra plenamente ejecutoriado» (la negrilla es mía). Y al final de la Resolución una frasecita demoledora: «con ella queda agotada la vía gubernativa».

Ahora ya sabe Usted, en esta pelea que pretendía defender los intereses de Bogotá, compradores y usuarios, quien fue el tigre y quien el burro amarrado.

Hasta aquí la carta. Ya el edificio está en etapa de terminación, y solo cuando lo entreguen se sabrá si yo fui alarmista, pesimista o realista. Y mientras tanto, termino con la frase que llevo seis años mordiéndome la lengua para no poner: yo se los dije.

Comparte este artículo:

SUB40

Categoría SUB-40

El instinto de conservación viene incluido en el código genético de todos los seres vivientes –incluyendo a los arquitectos–, y consiste en la tendencia innata a mantener su vida y proteger su integridad. Los arquitectos hemos desarrollado además otro instinto: el de conservación del trabajo, que nos impulsa a luchar por él y a tratar de evitar la competencia que nos lo pueda arrebatar.

Una manera de no soltar la presa y eliminar a los arquitectos jóvenes que nos la quieran quitar son los concursos de arquitectura, como lo dije hace un tiempo en una columna titulada “El león, los cachorros, el huevo y la gallina” –publicada en Torre de Babel–, de la que cito unos apartes:

                        Los concursos de arquitectura se están convirtiendo en una masacre de cachorros de arquitecto.

Las armas para el exterminio están ocultas en las bases, en forma de condiciones que evitan la participación de los jóvenes. Una de ellas es la exigencia de un mínimo de tiempo de práctica profesional. Ejemplo real: 10 años. Esta exigencia parte del supuesto de que el arquitecto se ha capacitado y ha desarrollado su habilidad como proyectista durante este tiempo. Pero la realidad es que pudo haber estado dedicado a la agricultura y su experiencia es menor que la del profesional juicioso que ha dedicado sus primeros 5 años a la práctica del oficio. El primero puede participar en el concurso, el segundo no. Se valora la cantidad y se ignora la calidad.

La segunda arma es la obligación de garantizar una cantidad de metros cuadrados diseñados. Ejemplo real: 18.000 m2. Nuevamente la cantidad se impone. Firmas hábiles en mercadeo y publicidad con muchos edificios diseñados entre mediocres y malos pueden participar y a un joven arquitecto con un proyecto sobresaliente de 200 m2, ganador del Premio Nacional de Arquitectura –otro ejemplo real– le dan con la puerta en las narices.

El último intento para que los cachorros no lleguen a macho alfa es pedir que el participante demuestre que ha sido responsable del diseño de un proyecto similar al del concurso –una vez más la calidad está ausente– de un tamaño determinado. Ejemplo real: 2.500 m2. Y aquí entramos en el cuento del huevo y la gallina. ¿Cómo puede un arquitecto hacer su primer diseño si para esto le exigen un diseño similar anterior?

Los arquitectos viejos tenemos la obligación de ayudar a formar a los jóvenes que ya nos están remplazando, no solo transmitiéndoles los principios que –creemos– son los de la buena arquitectura, sino dándoles las armas y la oportunidad de aplicarlos, oportunidad a la cual le estamos poniendo toda suerte de trabas en los concursos.

Finalmente, parece que hay una luz al final del túnel y ya alguien hizo algo para romper el círculo vicioso del huevo y la gallina. Se trata de la convocatoria que ha abierto la Universidad de los Andes, en la que invita a sus egresados a inscribirse en el concurso para el proyecto del edificio de Prácticas Musicales de dicha Universidad. Las condiciones para participar son muy similares a las de todos los concursos, con una pequeña diferencia que hace la gran diferencia: la edad máxima para participar son 40 años, y no se exige un mínimo de años de graduado, de metros cuadrados diseñados, ni de proyectos dirigidos.

Ojalá el ejemplo cunda y sigan apareciendo concursos exclusivamente para los arquitectos jóvenes. ¡Dejemos jugar a la categoría sub 40!

 

Comparte este artículo:

yellow-brick-road-pic

Posfarc

Todo parece indicar que el año que se acerca, SI NO aparece ninguna sorpresa grande –remember BREXIT, el NO, TRUMP…–, empezará el periodo que se ha dado por llamar el “posconflicto”. Este término solamente podrá aplicarse cuando se firmen con el ELN, EPL, PARAS y BACRIM acuerdos como el que se firmó este año –dos veces– con las Farc. Este período –que se debería llamar “posfarc”– se caracterizará por una disminución considerable de la guerra y el comienzo de la recuperación de un país que se levanta de sus cenizas después de más de medio siglo de angustia y muerte.

Esta guerra, además de sus numerosos muertos y más deudos, ha dejado municipios arrasados, pueblos abandonados del presupuesto y de la mano de dios, y poblaciones cuyo desarrollo se congeló y el éxodo convirtió su crecimiento en negativo. En teoría, una buena parte del dinero que antes se gastaba –malgastaba– en la guerra se invertirá en la restauración de las áreas urbanas y rurales más afectadas por ese conflicto, ensañado en una población vulnerable que perdió sus familias y sus bienes, obligada a emigrar a las ciudades donde le arrebataron finalmente lo último que le quedaba: su identidad y su arraigo. Pero no todos vivimos igual la tragedia de los últimos sesenta años: el contacto de los habitantes de las grandes ciudades con la guerra se redujo a noticias periódicas en los medios, que nos sonaban lejanas y a las cuales nos acostumbramos.

El 2017 se recordará por la salida de una crisis que marcó varias generaciones de colombianos que habitaban en la periferia de los principales centros urbanos, entre la pobreza y la miseria y cerca del infierno. Todo ciudadano tiene una responsabilidad con este renacimiento, especialmente el arquitecto. Según nuestro código de ética, debe: interesarse por el bien público con el objeto de contribuir con sus conocimientos, capacidad y experiencia para servir la humanidad. Y ofrecer desinteresadamente sus servicios profesionales en caso de calamidad pública.

Detrás de esta gran crisis se adivina una gran oportunidad de tener unos pueblos más ordenados, con un plan de desarrollo viable y juiciosamente planeado, con servicios adecuados de salud, educación, cultura y recreación. Esta oportunidad se presenta especialmente importante para dos grupos de colegas: el primero lo constituyen los oriundos de las regiones más deprimidas, que el mercado laboral los detuvo lejos de su tierra al culminar sus estudios. Es el momento de regresar al sitio de sus mayores y hacer por los suyos lo que les dicta el deber y el corazón.

El segundo grupo es el de los arquitectos jóvenes que empiezan a labrarse un nombre y un futuro, que pueden iniciar su ascenso profesional demostrando con proyectos urbanos y arquitectónicos de pequeño formato, que con buena arquitectura no se necesitan obras grandes para hacer grandes obras. Finalmente, todos los arquitectos –tanto los del SÍ como los del NO– tenemos que ponernos la misma camiseta y trabajar en lo que el país nos pida, aportando al posfarc no uno sino muchos granos de arena, ladrillos y concreto, y haciendo nuestra mejor arquitectura. La buena arquitectura hace mejores pueblos, y mejores pueblos hacen mejores ciudadanos.

* Imagen tomada de aquí.

Comparte este artículo:

dicken-castro

Dicken Castro: un hombre de su oficio

Sin que seguramente él mismo lo supiera, Dicken Castro —desde su más tierna infancia— era ya un arquitecto. En una entrevista que dio a la revista Mundo en junio del 2003, habló de que el ladrillo viene de recuerdos infantiles, como el de la impresión que me causaba ir a misa a la catedral de Villa Nueva en Medellín”. Esto, al entrar a un lugar y fijarse de qué material y cómo está construido es algo que definitivamente no nos sucede sino a los arquitectos en ejercicio.

No conocía otra iglesia, no sabía de qué estaban hechas las iglesias y a él esta construcción ya le causó gran impresión, que llevó hasta el final de su vida y que fue inspiradora de su obra; prueba de ello es que ya en sus últimos años le preguntaron: ¿de qué obra arquitectónica le hubiera gustado ser autor? Respondió sin vacilar: “de la catedral de Villa Nueva en Medellín.”[1] Pero esa capacidad y agudeza en la observación no le permitía quedarse sólo en la arquitectura: hizo estudios de antropología, fue brillante diseñador gráfico, acuarelista y querido profesor.

No fui su alumno. Cuando entré a la Universidad Nacional él enseñaba diseño gráfico y lo veía en los corredores, en la cafetería y en alguna conferencia. Sin embargo, tal vez por afinidad regional, porque soy de origen antioqueño apostado en Risaralda y desde que decidí estudiar arquitectura, en los últimos años setenta, mis primeros intereses se centraron en el trabajo de Dicken Castro. Ya él había publicado su libro La Guadua y esta investigación —Premio Nacional de Arquitectura— rodaba por los corrillos académicos de Colombia como el gran aporte que el tiempo se ha encargado de probar que definitivamente lo fue. Su libro Forma viva. El oficio del diseño fue sin duda el primer libro de arquitectura que adquirí y aún conservo, junto con la edición príncipe de La Guadua amablemente dedicada a quién esto escribe.

Lo anterior para confirmar que sin que Dicken lo supiera, con su trabajo, sus libros y exposiciones fue uno de los más importantes catedráticos que tuvimos muchos de mis coetáneos, sin que jamás lo hubiéramos visto en un aula. Sólo una vez —y por razones que aún hoy no logro entender, relacionadas al diseño por supuesto— nos invitó con mi señora a almorzar al club donde nadaba. Fue la única vez que tuve una conversación con él. Mucho le debo y mucho le agradezco. De ahí este homenaje que hoy quiero hacer a su labor profesional y a su persona.

Titulo este escrito con una palabra que el mismo Castro dio en una conversación con Antonio Montaña[2] sobre lo que para él era su trabajo como diseñador: un oficio. Transcribo sus palabras porque me parece que refleja en ellas su manera abierta y sencilla de ver el mundo, lo que se traslada a su brillante obra: “Yo prefiero llamarlo oficio. Oficio es una palabra generosa, casi humilde, pero llena de contenido”.

Probaré lo anterior con los que para mí son los ejemplos más elocuentes de mis afirmaciones.

En arquitectura, la plaza de mercado de Paloquemado es de hecho un proyecto que, por su importancia en la rutina de las familias colombianas, es afín a los intereses de Dicken Castro. El lugar de encuentro por excelencia. El sitio de discusión e intercambio entre los ciudadanos, las que fueron en su momento lo que hoy se ha dado en llamar “redes sociales”. De expresión democrática. Recordemos que la revuelta del 20 de julio de 1810 se fraguó en un día de mercado. Y, por último —y tal vez por eso lo más importante, que por obvio puede pasar desapercibido—, el inicio y tal vez el paso central del rito de la cocina, la selección y adquisición de lo que llevaremos a la mesa de nuestros hogares. De ahí el amor y la trascendencia que en diferentes culturas las plazas de mercado han tenido en nuestra historia. La música, la poesía, la literatura, el cine y, sobre todo, la iconografía mundial, están llenas de plazas de mercado. Desordenadas todas, llenas de vida, de color y de texturas.

Con un esquema funcional bastante sencillo y eficaz, Castro implanta la plaza de mercado: inscrita en una manzana tradicional, de un cuarto de circunferencia en planta. Expone la fachada más amplia a las vías de más alta jerarquía urbana (la calle 19 y la carrera 27), para dar la bienvenida a los peatones, y en la esquina opuesta (calle 20 con carrera 26) da el acceso a la entrada de los productos y a la salida de los residuos. Una planta con una distribución interior regular, que bien podría ser libre como lo fueron los mercados en la primera mitad del siglo XX y lo siguen siendo en pequeños poblados.

dicken-castro

Dibujo de Dicken Castro tomado de Forma viva: el oficio del diseño (Editorial Escala)

Hasta ahí, no se vería la maestría. El gran valor de esta plaza de mercado, lo que la convierte en un proyecto emblemático de nuestra arquitectura, es lo que muy pocos ven: la cubierta. Se resuelve la necesidad de cubrir grandes áreas sin que estas tengan que estar soportadas al interior, mediante un sistema de plegadura en concreto. Se necesita talento para hacer de una obra arquitectónica un ejemplo de calidad, con un proyecto cuyo gran valor es la cubierta. La plaza de mercado, que ya casi cumple los 60 años, sigue tan vigente en su funcionalidad e importancia en la vida cotidiana de los bogotanos, como lo fue en sus primeros días, aún frente a la difícil competencia de las formas de vida del siglo XXI. Y la estructura —que seguramente hoy no cumpliría con los estrictos requerimientos de sismorresistencia— sigue en pie después de no pocos temblores y de haber estado expuesta al sol, al agua y a la contaminación por casi seis décadas (apostaría que sin el más mínimo mantenimiento en su ya larga vida). Se construyó cuando no existían los impermeabilizantes para el concreto e indagué con las “marchantas” sobre goteras y similares y no se reportaron, como tampoco se ve a simple vista, que tenga fisuras o haya sido recubierta con mantos asfálticos o similares. Se cumple lo que decían nuestros profesores de construcción: “la mejor impermeabilización es una buena inclinación”.

No veo cómo los profesores de estructuras podrían enseñar a sus alumnos qué es una estructura en plegadura, si no llevaran a sus pupilos a la plaza de mercado de “Paloquemao”. Lo que se ve en las fotos de los libros europeos y estadounidenses, principalmente, difícilmente le puede quedar en la memoria a un estudiante como para ponerlo en práctica en los proyectos de quienes después ejercerán la profesión.

Capítulo aparte en su arquitectura merece también el habernos mostrado a los colombianos —producto de sus viajes por el antiguo Caldas— que el valor de la guadua (nuestro bambú), en la solución de vivienda, que los mismos habitantes escogieron y trabajaron para resolver su falta de casa, además de estético fue, sobre todo, constructivo y estructural. En una región en donde la topografía se convierte en un desafío técnico a la hora de construir, los movimientos sísmicos una presente espada de Damocles y los costos en una limitante infranqueable para una gran parte de los pobladores, sin ir muy lejos, con lo que tenían a la vista y a la mano, resolvieron de manera eficaz sus necesidades de vivienda, aportando sin saberlo, a la sismoresistencia.

Estas construcciones llamaron la atención de este joven[3] arquitecto, con formación de antropólogo, e hicieron que muchos de nuestros colegas y diseñadores “descubrieran” este valioso material constructivo, al punto de que hoy tenemos premio nacional de arquitectura a estructuras construidas enteramente en guadua.[4]

El diseño gráfico fue el otro gran interés de Dicken Castro. Como en el ejemplo anterior, parto de esa vocación democrática que tiene la obra de Dicken. No veo una disciplina más interesada en comunicar, en llegar, en transmitir información de manera más rápida y más clara a la mayor parte de la población que la que busca el diseño gráfico. Esta vocación y finalidad del diseño gráfico es afín a la personalidad y al carácter de Dicken Castro. De los cientos de logotipos e imágenes que él diseñó, destaco la moneda de $1.000 que empezó a circular a partir del año 1996, en la que se reproduce una bella figura en filigrana de la orfebrería de la cultura Sinú. Una moneda inspirada en lo mejor del arte americano, que fácilmente puede pasar por las manos de todos los colombianos, obligándonos a mirar y pensar, no solamente en el arte de nuestros antepasados y sus culturas, si no en valorar lo nuestro con orgullo. Nos mostró también el valor de los sellos y los rodillos que los precolombinos apostados en lo que hoy es Colombia fabricaron, a veces para decorar su telas y vestidos, y que oportunamente la Administración Postal Nacional en 1973 reprodujo en estampillas para que le dieran la vuelta al mundo, llevando los más diversos mensajes desde Colombia a muchos países.

Con su profunda vocación generosa y personalidad abierta, Dicken Castro pone los ojos en lo que él llamó la “expresión espontánea en Colombia”.[5] Entre otros valores por él estudiados, resaltan las pinturas que llevan en sus carrocerías los buses destinados al transporte público interveredal, principalmente en Antioquia y en los departamentos de la colonización antioqueña. Una iconografía festiva y llena de colorido, que invita a pensar a los pasajeros que su viaje dominical, desde la vereda a la cabecera municipal para asistir a misa y al mercado, es toda una fiesta. Por esto me atrevo a afirmar que de no haber sido porque Dicken Castro, que nos mostró el carácter festivo de estas carrocerías, el valor de su estética e importancia en la vida cotidiana de nuestros campesinos, no existirían las hoy llamadas “chivas rumberas”; ni la gran ceramista huilense Cecilia Vargas y sus decenas de imitadores hubieran reproducido estos bellos buses, llamados “de escalera”, para que adornaran salones de miles de visitantes extranjeros en sus casas alrededor del mundo.

Fue Dicken Castro, un hombre de su oficio. Un investigador con el ojo más aguzado, un catedrático ejemplar, un dedicado trabajador, aun cuando viendo el producto de sus labores, lo siento disfrutar tanto de lo que hacía, que la verdad no creo que esto fuera para él un trabajo. Lo hacía con gran talento y honestidad. Y se divertia haciéndolo. Era su oficio.
_________________________

[1] Revista Mundo # 08

[2] Forma viva: el oficio del diseño Editorial Escala, página 6

[3] Se interesó en la guadua desde los años 40: La Guadua, Dicken Castro, página 7

[4] Biblioteca Casa del Pueblo en Guanacas, departamento del Cauca. Bienal de Arquitectura 2004 del arquitecto Simón Hosie Samper

[5] Forma Viva El oficio del Diseño Editorial, Escala página 51

* La primera imagen es de Carlos Duque – Fotografia – Retratos 1968/2002

Comparte este artículo: