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Sin ESPACIO para el METRO

Junio 22 – 2016

La falta de un sistema de metro para Bogotá tiene un antecedente inmediato en el artículo 177 del POT 2000. En este debut de la figura Ordenamiento Territorial, aprobado entre 1997-2000 durante la primera alcaldía de Enrique Peñalosa, también se incluyó una Primera Línea del Metro que se desarrollaría “en dos etapas, durante un periodo de 9 años, contados a partir de la aprobación del presente Plan. Primera etapa: 15,3 km. por las avenidas Ciudad de Villavicencio y Ciudad de Cali, hasta la Calle 28-31. Segunda etapa: por Avenida Alberto Lleras Camargo y la carrera 7, hasta la Avenida Chile, calle 72.”

En su momento, el POT 2000 se aprobó incompleto y a lo largo de su vigencia ni se terminó ni dejó de modificarse. Durante las alcaldías posteriores sólo hubo lo usual: golpes de pecho, declaraciones de intención, dibujos futuristas y comunicados de prensa. Y hoy no hay metro plan de metro, ni POT; sólo la idea de que un POT es un requisito legal que se cumple pero no se acata.

En el 2000 no parecía necesario privilegiar o descartar el metro, dado que el proyecto de primera línea se suspendió por la coyuntura tragi-económica del costo prohibitivo de los tramos subterráneos, sumado al terremoto del 25 de enero de 1999 en el Eje Cafetero, que absorbió los recursos nacionales del momento. Se sumaba a la tragedia que el tema del transporte masivo era una prioridad bogotana, y como Bogotá ya tenía su versión fallida de buses de carril exclusivo por la Troncal-Caracas, corregirla se volvió una alternativa, tan atractiva como urgente. Además, todavía se pensaba que un metro debe ser subterráneo, por defecto, y que sólo por desgracia se saca a la luz del sol. Tampoco había claridad respecto a la relación entre metro y espacio público y menos sobre la importancia de un sistema de metro integrado con uno de trenes regionales; y menos sobre la importancia del sistema de metro como proyecto estructurante dentro de un Plan urbanístico. Pero esto fue hace más de quince años. Los problemas fueran los mismos y reproducir hoy la misma falta de claridad es un sinsentido.

Sin referencia a este POT inaugural y sin relación alguna con uno nuevo, el alcalde ya presentó su plan de gobierno para “recuperar” Bogotá y el camino para “llenar la ciudad de TransMilenios” ya está despejado por el Concejo. Pensará el alcalde que después de tanto esfuerzo para volver al poder, no es para menos. Al fin y al cabo, la retoma fue muy difícil y exigió un par de maniobras que demuestran dos virtudes, o dos vergüenzas, según quien lo vea: i) Deambular durante varios años de un toldo político a otro, en busca del padrinazgo adecuado para volver a la alcaldía. ii) Aprender a disimular sus antipatías por el metro, la reserva Thomas van der Hammen y la planeación urbanística, convenciendo a los electores de que Gustavo Petro era su único fastidio. Para verificar el desprecio público por su antecesor no necesita demostraciones. Para ponerse al día con lo demás, bastan unos minutos de video. Sigue leyendo

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Vigilantes del espacio público

Enero 28 – 2016

Vigilantes

La planeación urbana como institición, en Colombia, permite a los alcaldes planear y construir la ciudad, contraviniendo el principio democrático del balance de pesos y contrapesos que busca separar legisladores, ejecutores y jueces. La misma institucionalidad de la planeación que contribuye a que planear y ejecutar se conjuguen en una sola persona, contribuye también a complicar la separación de competencias entre políticos y técnicos. Es un hecho que, en últimas, las decisiones las toman los gobernantes, pero esto se da dentro de un rango de cuatro posibilidades para la acción: a) hay gobernantes que sólo toman decisiones técnicas, sin importar el origen de las ideas; b) hay técnicos que al volverse gobernantes toman decisiones que con frecuencia sacrifican la técnica; c) hay gobernantes que toman decisiones políticas sin fundamento técnico; y por último, lo que estamos reviviendo en Bogotá, d) hay gobernantes que se asesoran de especialistas para llevar a cabo sus ideas, pero si algún especialista no está de acuerdo con el sueño del gobernante, se va del equipo.

Respecto al juego en equipo –y contra la amnesia– recordemos que durante la primera alcaldía de Enrique Peñalosa se hizo el primer POT para Bogotá y que éste quedó a medias, en parte por una objeción del mismo alcalde respecto a la reserva Thomas van der Hammen. Como gobernante aceptó que hubiera una junta provisional para decidir sobre urbanizar o conservar la reserva, y aceptó que incorporaría al POT la decisión que un Panel de expertos le diera al estudio. Pero al día siguiente del sí por parte del Panel, demandó la decisión. Aunque esto equivaldría en fútbol a coger el balón con la mano, en planeación las reglas son otras. Así como en el código de Hammurabi “si un hombre superior le rompe el hueso a otro hombre, que le rompan el hueso”, las reglas eran otras. En la lógica del análisis del lenguaje, se trata de diferentes “juegos de lenguaje”.

Si las reglas del juego urbanístico fueran otras, sería de esperar que el último acto de gobierno de un alcalde saliente fuera dejar la casa en orden, y que el primer compromiso del nuevo gobernante fuera pasar el plumero por última vez, poner las fotos de la familia en el escritorio y empezar a trabajar. Sin embargo, con la reciente llegada de Peñalosa a la alcaldía de Bogotá revivimos una versión del eterno retorno en la cual la última acción del alcalde saliente consiste en dejar contratado lo que pueda, y la primera acción del alcalde entrante consiste en deshacer lo que pueda. Si las reglas se pudieran cambiar –que siempre se puede– las grandes decisiones de planeación pasarían por un proceso más democrático que el actual. En un artículo anterior sugerí que el legado de Peñalosa podría ser una “institución” que corrigiera este problema de unos sueños en conflicto que acabamos padeciendo todos, unos más que otros. Ahora, continúo con la idea: la institución sería una Junta de Planeación para la sabana de Bogotá, con un diseño institucional similar al de la Junta del Banco de la República.

La Junta del Banco es reconocida por varias cualidades: continuidad operativa, independencia política, competencia técnica e injerencia en el futuro de la economía nacional. Además, hay casi un consenso nacional –e internacional– respecto a que tales características –continuidad, independencia, competencia e injerencia– son una virtud que la protege contra la presión coyuntural de políticos y empresarios. En consecuencia, una Junta de planeación para la sabana podría tener unas características generales análogas a las de la Junta del banco: continuidad operativa, independencia política, competencia técnica e injerencia en el futuro del espacio habitable de la sabana de Bogotá.

Las ideas de la Junta provendrían tanto de sus miembros como de lo que propusieran agremiaciones, universidades, público en general y políticos, especialmente los diferentes candidatos en campaña a la alcaldía. Su función, en términos generales, coordinar, controlar y tomar las decisiones rectoras de planeación en cinco frentes espaciales:
– Conservación y mejoramiento del espacio público existente.
– Generación del nuevo espacio público.
– Dotación de equipamientos urbanos y su relación con el espacio público.
– Delimitación y conservación del espacio no urbanizable.
– Manejo coordinado del agua, la biodiversidad, la minería, la basura y la construcción.

Dentro de una lógica interdisciplinar y en debate con una lógica disciplinar, sería preferible que la Junta estuviera conformada por un conjunto diverso de especialistas en temas relacionados con la construcción del espacio habitable, cada uno con un voto. Representantes de disciplinas ajenas al diseño y la construcción como biología, sociología, derecho, economía y antropología, junto a representantes de las disciplinas del diseño y la construcción como ingeniería, urbanismo, conservación patrimonial y arquitectura; junto a los principales políticos encargados de la ejecución de planes como el gobernador de Cundinamarca, los alcaldes entrante y saliente de Bogotá; y un ministro como el de vivienda. Y junto al director de la CAR, como la única institución actual con sentido y visión de futuro no-provinciano.

La apuesta por una composición tan heterogénea sería arriesgada y podría terminar en un Frankenstein. Menos arriesgada, sin embargo, que la apuesta cuatrienal de seguir otorgando a un soñador, por voto popular, el título de doctor honoris causa en urbanismo. Así, el último graduado podría estar llevando a cabo algunas de sus ideas de un modo más consecuente con una democracia del siglo XXI que con el código de Hammurabi.

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Muchas más pirámides y algo de misterio

Antes de entrar en el tema específico, sugiero a los colegas, o a quien lea esta nota, que no sienta que estoy pontificando. Es más, la inquietud de Willy Drews ha sido oportuna para que me volviera a poner al día con las noticias. Pero conviene también que nos pongamos de acuerdo acerca de qué entendemos por una pirámide, porque hay confusiones de geometría que han llevado a definiciones de este tipo: este cono es una pirámide. Este cerro es una pirámide. ¿A qué le decimos pirámide? A la de Cuicuilco que es un cono truncado, a una escalonada y por fin a una escalonada circular o peor aún, a una escalonada y lobulada.

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Choya 68. Dibujo del autor.

Lleguemos a un arreglo: digamos que en la arqueología de América, todo cuerpo de base mayor que su cúspide es “una pirámide”. Las habrá de base cuadrada o rectangular, circular, poligonal o de cualquier otra figura. Su desarrollo podrá ser lineal (como las egipcias) o fragmentado como la Teotihuacana del Sol o de la Luna en México y muchas otras. Las hay en Perú, Argentina, Paraguay, Brasil y también en Colombia, porque sí las hay en Colombia y a ustedes transfiero la tarea que investiguen y me informen.

De aquí en más, entraremos en lo que yo sé, porque estudié el área de Argentina. Y para el resto América, me baso en información de segunda y tercera mano. Pero de buenas manos. Confiables.

En el noroeste de Argentina se concentra la mayor parte de las expresiones artísticas, aunque no son tantas las que han sobrevivido. De las obras construidas, las de ingeniería fueron destruidas por los conquistadores con la premisa de que sin agua no hay cultivos y por lo tanto no hay vida. Destruyeron los diques, reservorios de agua y andenes de cultivo en la medida que pudieron. No pudieron con todos. Algunos monumentos quedaron, varios centros ceremoniales, que con frecuencia se ubicaban en la cima de “un montículo” o una plataforma, ahora disimulados por la vegetación, por la erosión o el agregado de tierra debido a los vientos y las lluvias.

Uno de los primeros ubicados por Rex González es el de Shincal, adjuntamos fotografía y dibujo del conjunto. De la pirámide propiamente dichas se ve excavada la escalinata que lleva a la plataforma ceremonial.

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Shincal. Imagen tomada de TripAdvisor.

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Dibujo del sitio de Shincal. Tomado de Raffino, R. (1991).

El mismo estudioso realizó los primeros sondeos en un sitio del Ambato, llamado por los lugareños “El altar de los Indios” que resultó ser el conjunto que se ve en la siguiente figura, en la que muestra claramente la plataforma ceremonial que al fin es otra pirámide trunca. Es notable la persistencia de la tradición oral ya que el título que le daban los lugareños corresponde exactamente a lo que estuvo oculto durante más de mil años.

Pero si vamos más atrás, en los pueblos de la ladera sur del Aconquija, en los primeros años de la era cristiana, en una serie de poblados, se encuentran plataformas ceremoniales donde se encontraron figuras de piedra. La intención de sitio ceremonial es indudable debido al tipo de figuras allí presentes.

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Estrella de piedra de colores. Tomado de De La Fuente (1973).

Tenemos por fin una cantidad indefinida de pirámides escalonadas y lobuladas, como una flor, que van rotando en cada nivel-escalón. Se ha podido excavar una (Choya 68), trabajo realizado por Rex González, José Togo y Martha Baldini. Según me relató el Dr. Rex Gonzalez hay muchas más en esa zona.

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Montículo de Choya 68. Imagen tomada de A. Rex Gonzalez (1999).

Termino esta pequeña reseña diciendo que, contrariamente a lo que se creía hasta hace pocos años, las pirámides americanas son también sepulcros. Se han encontrado entierros por lo menos en las de México, Guatemala, Honduras, Perú y Argentina. Pero de las pirámides de Paraguay, Bolivia, Ecuador y Colombia no tengo aún datos precisos, de modo que, a quienes lean esta nota preliminar, les queda la tarea de investigar con los Centros de Estudio que correspondan y averiguar cómo son estas pirámides y si han encontrado entierros en ellas.

Como dato complementario, la que hasta hace 20 años era la única pirámide con entierro, la “del Principe de Palenque” en la ciudad homónima, tiene ahora una compañera, la Reina Roja. Es decir una segunda tumba, de una “princesa” totalmente pintada con cinabrio… Les recomiendo Internet para enterarse y verla, es una belleza. La tumba, por la princesa no doy fe.

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Transmilenio ciclista peatón

Movilidad y compatibilidad

Peatón 1: ¿Usted cómo hizo para cruzar la calle?

Peatón 2: Yo nací de este lado

Según la Organización Mundial de la Salud, en el mundo mueren anualmente en accidentes de tránsito 1.3 millones de personas. Una de las principales causas de muerte, y uno de los problemas más difícil de resolver en la movilidad urbana, es el de la incompatibilidad de los diferentes medios de transporte, es decir, la inconveniencia de compartir un mismo espacio o carril. Intuitivamente entendemos el problema pero normalmente no lo evaluamos en forma cuantitativa.

Dos medios de transporte son incompatibles por alguna de estas tres razones: por una diferencia grande en velocidad, por una diferencia grande en energía cinética, o por una diferencia grande en vulnerabilidad.

La energía cinética, repasando el bachillerato, es aquella que posee un cuerpo debido a su movimiento y que en caso de colisión es transmitida al otro cuerpo. Para calcularla utilizaremos la conocida formula E = ½ M V2, atribuida a Einstein, aunque algunos aseguran que ya Leibniz en el siglo XVII y Bernoulli en el XVIII la habían planteado –donde M es la masa del objeto y V2 su velocidad al cuadrado–. Esta fórmula es aplicable a velocidades por debajo de la de la luz, que es nuestro caso, aunque algunos buses y motos nos hagan dudar.

Asumiendo que el transporte masivo tiene por necesidad su espacio independiente, analizaremos cinco medios de transporte, desde el bus urbano hasta el menospreciado peatón, pasando por el automóvil, la motocicleta y la bicicleta, estimando para cada uno de ellos un peso, una velocidad y una vulnerabilidad, como aparecen en la tabla adjunta que resume los resultados del análisis.

movilidad

Partiendo del supuesto –arbitrario– de que la diferencia de velocidad entre dos vehículos compatibles no debe ser mayor a una vez y media, vemos que desde el punto de vista de la velocidad el bus, el automóvil y la motocicleta podrían compartir un mismo espacio, no así la motocicleta con la bicicleta ni esta con el peatón.

La energía cinética es el factor más importante en la posibilidad y conveniencia de compartir espacios. Vemos en la tabla que la diferencia entre un bus urbano y un peatón es de más de 7.000 veces. Es fácil deducir quien sale más perjudicado en caso de una colisión entre ambos. También vemos que la diferencia en energía cinética entre uno y otro vehículo es tan grande que justificaría carriles independientes para cada uno. Sin embargo, como esto en la práctica no es posible, nos toca aceptar que compartan espacio aquellos vehículos cuya diferencia de energía sea menor a cien veces –de nuevo medida arbitraria–, como sucede actualmente. Es decir, buses, automóviles y motocicletas. De todas maneras, la vía compartida por buses y motos representa un peligro constante, pues la energía cinética de los primeros es cien veces mayor que la de las segundas. Bicicletas y peatones no deberían compartir espacio –como sucede en algunas vías de Bogotá– dada la fragilidad del vehículo.

En el reino animal existen tres grupos de seres vivos, según su estructura ósea: los de exoesqueleto o invertebrados (langostas, caracoles, cucarrones), los de endoesqueleto o vertebrados (aves, mamíferos, reptiles y peces) y los que no tienen esqueleto (babosas, planarias). Los menos vulnerables son los que tienen exoesqueleto y los más vulnerables los que no tienen esqueleto.

Esta clasificación puede extrapolarse a los vehículos urbanos, donde los menos vulnerables –con exoesqueleto– son los buses y automóviles, y los más vulnerables –con endoesqueleto– son motocicletas, bicicletas y peatones. O mejor dicho: motociclistas, ciclistas y peatones, cuyo chasís son los huesos y su carrocería la piel. Afortunadamente, no existen vehículos equivalentes a las babosas.

Esta vulnerabilidad puede comprobarse con las cifras de muertos en accidentes de tránsito en once meses del año 2014 en Bogotá: 534 víctimas de las cuales el 54% fueron peatones, el 24% motociclistas, el 10% ciclistas y 12% entre conductores y pasajeros de automóviles y buses. Si aceptamos que existe una proporcionalidad inversa entre la energía cinética y la vulnerabilidad, podríamos utilizar estos porcentajes como un índice de vulnerabilidad y repartir proporcionalmente los pasajeros y conductores muertos en automóviles en 10% y en buses en 2%.

La mayoría de los accidentes se debieron a que un vehículo invadió el carril de otro, y el resultado de la colisión fue el resultado de la energía cinética, velocidad y vulnerabilidad de los vehículos involucrados. Otros factores que aumentan la accidentalidad son el número de vehículos por área de vía, y la imprudencia de los más vulnerables al cruzar los carriles de los menos vulnerables. En resumen: de ser posible, los buses urbanos deberían tener carriles exclusivos. De no ser posible –y conscientes del riesgo que esto conlleva–, compartir el espacio con automóviles y motos. Bicicletas necesitan su propia ciclo ruta y peatones su andén independiente.

El aumento de la movilidad y la disminución de la morbilidad dependen, entonces, de un espacio suficiente para los distintos vehículos, un diseño vial adecuado, un volumen de tráfico acorde con la capacidad vial, una buena señalización, campañas de educación para los diferentes usuarios, el respeto por los demás y… buena suerte.

* Imagen tomada de Aire Nuevo para Bogotá.

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Space

De Bienales y homenajes: 2. ¿Homenajes?

El periódico El Tiempo publicó en la página 14 de su edición del miércoles 10 de diciembre de 2014 una crónica de su corresponsal en Medellín, Ana María García, con un gran titular: Por presión, constructor del Space no recibe homenaje. El subtítulo es no menos increíble: ingeniero Alvaro Villegas rechaza título de presidente honorario.

Ese rechazo, ¿fue obligado, por conveniencia o por estrategia política? ¿Es una equívoca “creación de imagen pública” o una sincera manifestación de intenciones compensatorias?

Semejante exabrupto no sería el primero ni el único. En semana anterior, el ingeniero Villegas fue objeto de una entrevista de página completa en el mismo diario por parte del conocido Yamid Amat, una versión escrita de uno de sus programas televisivos, con la actuación dramática del entrevistado, a base de las platitudes y medias verdades ya muy repetidas con las cuales trata de mitigar su obvia responsabilidad en la tragedia del edificio SPACE. De pronto, Amat le preguntó a su entrevistado si continúa teniendo comunicación con el ingeniero Aristizábal, el calculista del SPACE. Villegas contesta que no, que hace mucho tiempo no tienen ninguna comunicación (¡!) ni existe relación alguna entre ellos. Da la sensación de que escasamente lo conoce. Esto se explica: a estas alturas del drama, ¿qué le podría decir o reclamar Villegas a su calculista de cabecera? ¿O bien, qué puede decirle Aristizábal a nadie luego de su sucinta y sombría declaración judicial: Lo que se hizo (los cálculos estructurales en el SPACE) , ESTABA BIEN HECHO. ¿Y las más de 1.000 irregularidades, omisiones, errores y violaciones a códigos, márgenes de seguridad, nociones elementales de estabilidad y esfuerzos torsionales, ausencia de estimativos y refuerzos contra esfuerzos y presiones aerodinámicas, debilidad inherente de columnas, etc. etc. señalados en el informe de la Universidad de los Andes? ¿Quién es el charlatán en ese debate? El lema nacional sigue siendo: construir barato, vender caro, tener buenos abogados. Los usuarios no cuentan, excepto como fuente de dinero.

Pero el punto no es la terrible borrada con el codo del ingeniero Villegas, de toda una vida profesional y política hecha con la mano, ni su patética retirada defensiva hacia la oscuridad que rodea a los presuntos responsables. Desde el punto de vista de la relevancia de un homenaje a tan discutible personaje, la situación tan tonta e imprudentemente creada por una entidad gremial de su provincia, la Sociedad de Ingenieros Antioqueños, SAI, es hondamente agraviante para todos aquellos que entienden el significado ético de una distinción profesional. Esto es más que obvio al leer las últimas líneas de la crónica: EL TIEMPO intentó comunicarse con el presidente de la SAI, Diego Zapata, pero éste no pasó al teléfono. A falta de algo más surrealista, la SAI –de la cual era presidente el ingeniero Villegas desde el inicio de la obra hasta cuando se desplomó la torre 6 del SPACE– tuvo la ocurrencia inverosímil de otorgarle el título de presidente honorario, quizás como beligerante pero torpe reacción a la implosión que acabó con las peligrosas torres restantes del célebre conjunto residencial. Algo muy propio de Locombia.

Con razón anota una de las víctimas del SPACE, Carlos Ruiz: Lo raro es que a uno no le entregan un premio sin previo aviso. Parece cosa de un libreto, o algo muy estudiado, el cuidadoso rechazo del ingeniero Villegas al homenaje que le prepararon sus colegas antioqueños, haciendo caso omiso del impacto de este sobre la opinión nacional. El doctor Villegas sí vio el peligro de aceptar el homenaje y “desistió” de él. La débil justificación de que lo que se le premiaba al ingeniero Villegas eran sus “12 años de trabajo” (¿?) no convence a nadie, aunque no está claro si estos fueron al frente de su compañía, CDO, o en la SAI. O en ambas. Para la SAI, aparentemente, lo del SPACE nunca sucedió. O fue parte de un simple accidente en el largo y dedicado trabajo del ingeniero Villegas.

A los arquitectos nos concierne este párrafo de la crónica citada: la junta directiva de la SAI declaró que respeta la decisión del ingeniero Villegas de no aceptar nada… no sin antes reiterar su más profundo agradecimiento por la EXITOSA LABOR que han realizado los mencionados profesionales en beneficio del gremio. Añade Ana María García: Se refería tanto a Villegas como al arquitecto Laureano Forero Ochoa, quien (también) iba a ser condecorado. Vaya. Leer para creer. La pregunta es: ¿el arquitecto Forero renunció a su “diploma y aplausos” de la SAI, o los recibió de todos modos? También el arquitecto Forero arrojó sombras sobre su distinguida carrera profesional con el desastre del SPACE, quiera él esto o no. En décadas anteriores, Forero, un espíritu independiente, había decidido, como otros colegas suyos, defender y practicar la política de aceptar como nueva clase dirigente colombiana a los capos del narcotráfico y trabajar para ellos, invocando cierta libertad de escogencia de clientela. Bien visto el asunto, eso no sería peor que trabajar para políticos o entidades corruptas que son tan abundantes en el país. Ambas cosas, claro, eran a cual más ominosas e indeseables. Que entre el diablo y escoja no es una guía profesional recomendable.

La posición del arquitecto Forero en lo del SPACE es muy diferente de la de sus constructores y, ante todo, la de su silencioso calculista, el ingeniero Aristizábal, pero la sombra del SPACE acompañará desde ahora su existencia, con o sin responsabilidades profesionales de por medio. Esto es tanto más lamentable puesto que el arquitecto Forero ha sido un destacado diseñador, en su ciudad y fuera de ella. Pero, también se podría decir en su caso y bajo el baldón del SPACE: Dime con quién andas y te diré quién eres.

Unas palabras de elogio para la cronista García: ella destaca de modo generoso y prominente a las víctimas y desplazados del SPACE como seres humanos agobiados por una tragedia. En cambio, el ingeniero Villegas los ve, en su entrevista con Yamid Amat, como simples recipiendarios de un dinero suyo que ciertamente no pensó nunca en gastarlo a manera de compensación para abstractos e insignificantes compradores de las arquitecturas perpetradas por su compañía. Tremenda diferencia.

* Imagen del Space © CEET / Johan Lopez.

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Torres del Parque

De Bienales y homenajes: 1. Bienales

Según la pertinente nota de Willy Drews en Torre de Babel, las Bienales de arquitectura en versión colombiana sirven, paradójicamente, para todo, pero no sirven para nada. Serían tan originales, tan curiosas y tan inútiles como una rueda cuadrada o un dado esférico. Las buenas intenciones y sus presuntos efectos, benéficos o fatales, son todos ciertos, pero, del dicho al hecho… Willy Drews muestra cómo lo bueno y útil se pierde una y otra vez ante la dura realidad de las premiaciones deportivas en los eventos gremiales y la incapacidad (o algo peor) mostrada por muchos jurados cuya misión era la de materializar la benemérita misión de las Bienales, explicada en la cita del evangelio según Germán Samper: la divulgación mediática de lo que se hace en Colombia en materia de arquitectura excepcional o de chamboneo vanguardista, el show de formas construidas como de pasarela de moda en el vestir, la publicidad de lo construido en boca de todos (o al menos, de algunos), los inintelegibles e intensos debates, la hipotética contribución a la historia (¿o a los campeonatos?) de la arquitectura nacional, etc. Pero, a la historia de la arquitectura nuestra o de otras partes le sobran perfectamente las Bienales, las cuales logran alterar y artificializar un posible relato o inventario veraz de cómo ha venido ocurriendo esa difusa realidad de cómo destrozar el patrimonio, devastar el campo, inventar modas, copiar “estilos”, canonizar arquiestrellas, invitar profetas y adivinos extranjeros para que cada uno haga ostentación de los premios que ha ganado en su carrera, etc. etc.

Willy Drews habría requerido un extenso libro para hacer referencia a todos los episodios pintorescos, divertidos, indignantes o absurdos de las Bienales colombianas. Los hay de todos los colores y todos los calificativos éticos y morales. El jurado calificador de la II Bienal (1964) que aparentemente falló en no premiar el conjunto de apartamentos de “El Polo”, según W. Drews, acertó brillantemente al declarar el premio nacional desierto, según Juan Luis Rodríguez en su comentario al texto del primero en Torre de Babel. Ambas posturas son válidas puesto que vienen de dos orígenes conceptuales diversos y no tienen un campo de debate en común. La preferencia por lo estándar, lo práctico y lo funcional está a gran distancia de cualquier consideración formalista o estética. Lo uno no es “mejor” que lo otro. Es, simplemente, muy diferente. Willy Drews vivió la polémica desatada con ocasión de ese fallo como joven profesional. La postura dialéctica de J. L. Rodríguez es la de un observador crítico llegado al tema medio siglo más tarde. En ello hay una profunda diferencia.

Cabe recordar aquí la muy intensa discusión, en el ámbito del Congreso subsiguiente a la Bienal de marras, entre Eduardo Pombo –quien proponía impedir reglamentariamente que, en el futuro, se declarase desierto el Premio Nacional– y Hernán Vieco, quien leyó una sentida nota defendiendo el fallo “desértico”, que terminaba así : Depongamos nuestras actitudes beligerantes y con modestia aceptemos esta lección de arquitectura que el jurado de la Bienal nos ha dado…

No sorprende entonces la cita que hace el arquitecto Rodríguez de una entrevista de él con Francisco Pizano, miembro del jurado de la Bienal de 1964. Como el avezado político que es, Pizano declara no haber negado nada a nadie como jurado del Premio Nacional, incluyendo tácitamente en esto al dueto de autores del conjunto de “El Polo” (su exsocio en Domus, Guillermo Bermúdez y Rogelio Salmona, recién graduado en la Universidad de los Andes) con el argumento de que es muy distinto negar algo a estar buscando algo diferente de lo que un proyecto como el del Polo podría haber representado. Esto, que suena más propio de abogados, tiene una explicación: Pizano, Gabriel Serrano o Serge Chermayeff firmaron como acta la decisión de declarar desierto un premio determinado, pero en ninguna parte de la misma dicen estar negando nada. Lo que sí afirman, explícitamente, es que estaban buscando –y no hallaron– algo esencialmente distinto del conjunto de “El Polo”: no un manifiesto estético sino, como dice J.L. Rodríguez, “otra cosa”, otro significado social y tecnológico de la arquitectura colombiana, otro sistema de valores críticos, otra significación del término “arquitectura”.

Esto recuerda inevitablemente el chiste del policía nocturno que encuentra un borracho que afirma una y otra vez estar buscando un llavero perdido, al lado de un farol de alumbrado público. A la pregunta de “¿Dónde se le perdió el llavero?” la respuesta fue “allá en ese otro farol que está apagado…”.“Y por qué lo busca aquí?”. La respuesta contundente: “…es que allá no hay luz…”.

En Estados Unidos, Canadá, Alemania, Francia, Inglaterra, China o Rusia, por ejemplo, no hay Bienales de Arquitectura, pero sí se hacen numerosas distinciones a diseñadores y soñadores destacados, se reconoce bien una labor de toda una vida y se cometen quizás menos errores e injusticias, pero se logra un nivel algo mejor en la selección de aciertos o errores respecto de lo que es o no es “buena, bonita y costosísima (o barata)” arquitectura y adecuado o corrupto urbanismo (a. gigantismo). Las Bienales son interesantes pero no son absolutamente necesarias. La arquitectura no se va a acabar si no hay Bienales en Colombia. La crítica internacional ha sido implacable con los Premios Pritzker, por ejemplo, que son lo más parecido que hay en el medio norteamericano al torneo nacional colombiano de arquitectura moderna. La única diferencia constatable entre las Bienales colombiana, ecuatoriana, brasileña o chilena es la de las tarifas hoteleras para los asistentes a estos eventos. De resto, se parecen como gotas de agua. El autor de estas líneas asistió a una de ellas como jurado en la categoría de conservación del patrimonio. En la primera reunión de juzgamiento, incluso antes de ver los proyectos competidores, el campeón suramericano de la restauración ya estaba escogido, por dos votos contra uno, incluyendo el del jurado que tenía la misma nacionalidad del proyecto premiado. El premio recayó en el trabajo de mayor área construida, aunque no necesariamente en el más meritorio. Vale decir, el tamaño físico como factor crítico, o como valor histórico y patrimonial, ni más ni menos.

Lo de la escogencia, polémica o diálogo de paz entre la estética y la técnica permite traer a cuento el aforismo del gran constructor de automóviles francés Ettore Bugatti: si algo se ve bien, trabajará bien. No habría que olvidar, eso sí, otra anécdota del mismo Bugatti: el propietario de uno de sus bellísimos autos se quejaba ante él de que su lujoso pero incómodo vehículo (¡como muchas obras maestras de arquitectura!) frenaba muy mal. Monsieur, repuso Bugatti, ¡mis autos no están hechos para detenerse con brusquedad sino para avanzar velozmente! ¡Ah! El tono de las arquiestrellas en boca de un fabricante de autos deportivos.

Tuve ocasión de presenciar una charla informal entre el jurado brasileño y uno de los colombianos de un Premio Nacional de Arquitectura a propósito del otorgamiento de tal distinción a un director de una oficina de planeación que “craneó”, como cabeza de un innumerable comité, la distribución general del nuevo campus de la Universidad del Valle (Zambrano, Cali), en vista de la dificultad para otorgarlo también a unas doce firmas y arquitectos independientes –es decir, la selección nacional de arquitectura moderna–, autores cada uno de un edificio de ese desigual y heteróclito conjunto educativo. Esto en sí no tendría nada de raro, si no fuese porque, en opinión de uno de los jurados colombianos, había que evitar a cualquier costo que la obra más destacada entre las presentadas fuese premiada: las Torres del Parque de Rogelio Salmona. Lo dicho entonces por otro de los jurados, el entonces presidente de la Sociedad Colombiana de Arquitectos y flamante comprador de dos apartamentos en tan célebre conjunto, fue : …es que lo de Salmona es arquitectura para ángeles… Lo de la educación superior, es decir, lo social, es más importante… En suma, el debate de siempre, el que invoca Juan Luis Rodríguez en su comentario al reclamo de Willy Drews. Y otra vez la voz de Hernán Vieco: …este fallo no es a favor de Peñalosa y UniValle sino en contra de Salmona…

El océano de construcciones de acción social en cualquier ciudad (un lado del debate) es, para ciertas sensibilidades, horrible y aterrador pero la “obra maestra” de arquitectura (el otro lado) seduce con su presencia las minorías sociales y culturales, aunque a veces su uso sea sospechoso, v.g. el Capitolio Nacional. ¿Cómo comparar lo uno con lo otro? ¿Cómo comparar un proyecto que soluciona una crítica situación social con otro diseñado para una hipotética inmortalidad cultural?

Una Bienal se presta para cometer injusticias, errores, descuidos y para disimular compadrazgos y amiguismos. La injusticia implícita o presente en todo proceso de selección, el error producido una y otra vez al designar lo inepto como ejemplar y desechar lo meritorio por no pertenecer a una “tendencia” determinada estarán siempre, por naturaleza, presentes.

Y algunas veces, pocas pero fascinantes, habrán motivos de festejo al enmendar flagrantes equivocaciones y distinguir con un premio nacional, disculpas vergonzantes de por medio, una obra maestra de arquitectura colombiana como son, digamos, las Torres del Parque.

* Imagen tomada de la revista Axxis.

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